Hijos imperfectos

¿Qué podemos hacer cuando nuestro hijo nos informa que es homosexual?, ¿cuándo nuestra hija resulta embarazada y sabemos que ocultarlo tras un matrimonio apresurado va a ser aún peor?. ¿cuándo nuestros hijos se drogan, abusan del alcohol o tienen otras adicciones igualmente pecaminosas? ¿Qué harías tú como líder?

Sería maravilloso si pudiéramos decir que cuando ejercemos algún tipo de liderazgo en la obra del Señor, nuestros hijos automáticamente reciben una «vacuna» contra el pecado, de tal forma que se convierten en hijos perfectos, modelos de excelencia para siempre. Creo que todos anhelaríamos ser líderes para tener así hijos perfectos, pues la vida es muy compleja y llena de curvas inesperadas.

Lamentablemente sabemos que tal vacuna no existe, pero muchos siguen esperando que los hijos de los líderes sean el modelo perfecto y, cuando no lo son, viene el reproche y la acusación de que no «sabe gobernar bien su propia casa».

Hay quien comenta que Adán y Eva tuvieron un padre perfecto y aun así pecaron. Creo que es necesario enfrentar esas situaciones en las que nuestros líderes están luchando con hijos imperfectos con la misma gracia que Dios nos brinda. Recuerdo claramente el día —mi hija era todavía pequeña— cuando Dios habló a mi corazón diciendo: «Esly, quiero que tengas paciencia con tu hija en su rebeldía, así como yo la tengo contigo cuando eres rebelde».

Como siempre, hay que tener presente que no hay padres perfectos en esa tierra. Todos tuvimos padres y madres que cometieron errores con nosotros. A final de cuentas, lo que habla más fuerte es el ejemplo de vida. Aunque nuestros padres nos digan cómo debemos hacer las cosas bien, su vida es lo que imitamos. «Obedecemos» sus acciones mucho más que sus palabras. Sin embargo, tengamos en cuenta que ellos trataron de hacer lo mejor dentro de sus posibilidades.

En segundo lugar, muchos líderes provienen de hogares disfuncionales. Es un hecho comprobado que la mayoría de las personas que ejercen profesiones de ayuda (médicos, psicólogos, trabajadores sociales, pastores, por citar algunas) crecieron en hogares disfuncionales donde hubo alcoholismo, adulterio, violencia, divorcios, etc. ¡Gloria a Dios que nos ha rescatado de esas situaciones difíciles! La ironía es que si sabemos que Dios nos rescató de allí, ¿por qué pensamos que al transformarnos en líderes la influencia de esos modelos sobre nosotros se acabó? De no buscar la sanidad activamente, terminaremos repitiendo lo mismo en nuestras nuevas familias aun cuando no queramos. Tengo un amigo (Joe Dallas) que dice: «Nunca debemos subestimar el poder de la forma de vivir que conocemos». Dios tiene poder para romper modelos pasados, pero nos toca a nosotros aprender nuevas maneras sanas y sanadoras para tratar con nuestros hijos.

Sinceramente, tenemos que reconocer que como líderes nos da vergüenza confesar que nuestros hijos están en pecado. Tememos la crítica de los miembros de la iglesia, su reproche, la acusación de que no hemos sabido criar a nuestros hijos. Hay ocasiones en que debemos aceptar que no supimos hacerlo mejor. Tal vez tuvimos modelos inadecuados. Quizá nos dedicamos tanto al ministerio que ignoramos las necesidades emocionales de nuestros familiares. De ese modo, las exigencias de los demás nos robaron el tiempo con nuestros hijos (y esposos); lamentablemente, recién nos damos cuenta de nuestro pecado de omisión cuando nuestros hijos comienzan a desviarse.

Otras veces, quizá, fuimos demasiado duros y legalistas al exigir por medio de la fuerza humana que nuestros hijos «encajasen» dentro de un modelo imaginario que llevamos en nuestra mente. Tal vez las personas de la congregación nos han exigido que nuestros hijos se porten de tal y cual manera, o fuimos nosotros quienes quisimos dar «un buen ejemplo». Nuestros hijos son iguales a los demás niños y tienen las mismas necesidades emocionales, espirituales y físicas. Así como necesitan comer y estudiar, también requieren cariño, tiempo y atención.

En algunas ocasiones, aunque hagamos nuestro mejor esfuerzo, nuestros hijos no resultan ese modelo esperado. Sucede que Dios les dio también a ellos el don del libre albedrío. Hace algún tiempo leí un libro de Earl Wilson que cuenta la historia de su restauración después del adulterio. Un día fue a verle su papá, ya cuando su proceso de recuperación estaba más adelantado. Éste le dijo: «Yo sé por qué cometiste adulterio». Entonces, el «Psicólogo Doctor Líder» reaccionó sorprendido: «¿Si, papá? Dime por qué razón piensas que lo hice». El padre, con la sabiduría y la sencillez de sus años, le dijo: «Porque quisiste».

Nuestros hijos también pecan porque quieren. A pesar de todo lo que les enseñamos, el tiempo que invertimos en ellos, las oraciones constantes y diarias por su protección y bienestar, la verdad es que algunas veces eligen otro camino. Nuestro corazón se rompe ante el dolor de ver sus decisiones pecaminosas. Sufrimos al observar las consecuencias del pecado en sus vidas y, a veces, en las de sus hijos, nuestros nietos.

Ante esta situación, la primera pregunta que me formulo es: «¿qué hace nuestro Padre celestial cuando pecamos? ¿deja de amarnos?» ¡Jamás! Sin embargo, tampoco hace de cuenta que no ha pasado nada. Dios nos trata con misericordia y justicia. Él debería ser nuestro ejemplo, pero en general nosotros no podemos reaccionar de manera perfecta y equilibrada.

¿Qué podemos hacer, entonces, cuando nuestro hijo nos informa que es homosexual? ¿cuándo nuestra hija resulta embarazada y sabemos que ocultarlo tras un matrimonio apresurado va a ser aún peor? ¿cuándo nuestros hijos se drogan, abusan del alcohol o tienen otras adicciones igualmente pecaminosas?

Probablemente la reacción de la mayoría de los padres sea llorar, enojarse o negarse a creer lo que está pasando. Quizá algunos intenten esconder la verdad a fin de evitar la dura crítica que suele producirse cuando el pecado se hace público.

Sin embargo, ¿es esto lo más conveniente? Es preciso considerar que primeramente, al descubrir que nuestro hijo o hija no parece cumplir los sueños que tuvimos desde que eran pequeños, tiene lugar un período de duelo. Por cierto, todos deseamos lo mejor para los hijos según nuestro punto de vista pero observando, también, la verdad de Dios que es buena, perfecta y ofrece protección de los males que acarrea el pecado. Admitir lo que está pasando es una de las realidades más duras en la vida de un padre o una madre, pero es absolutamente necesario. Dios no niega nuestro pecado. Nosotros tampoco debemos hacer de cuenta que no pasa nada con nuestros hijos.

No obstante, Dios nos sigue amando a pesar de nuestra desobediencia. Entonces nuestro camino es amar a nuestros hijos sin aprobar su pecado. Quizá éste es el desafío más duro y difícil. Hay que confrontar a los hijos en amor, aunque tengamos ganas de darles una paliza o echarles de la casa y crear un problema más grande en sus vidas. Tampoco debemos tragar nuestra ira, pero no es adecuado desahogarla sobre ellos. En momentos así, nuestros amigos y familiares constituyen nuestro apoyo más grande. Podemos derramar nuestro corazón en oración delante de Dios (y debemos hacerlo), pero necesitamos, además, que aquellos que son sensibles a nuestro dolor oren con nosotros, especialmente cuando hay ocasiones en que ni siquiera logramos pronunciar palabra a causa de tanta aflicción. Esos amigos que nos aceptan sin juzgar son los que brindan más apoyo y no nos hieren con sus opiniones.

Trabajar con la conducta de nuestros hijos es más complejo. No nos es posible aprobar sus actos, pero tenemos que aceptar que ellos han tomado sus propias decisiones. Cuando ellos se arrepienten de sus acciones, podemos ocuparnos juntos en la restauración de la relación y ayudarles a recuperar sus vidas. Sin embargo, si insisten en seguir en su pecado, nos toca hablar menos y orar más.

Finalmente, si pudiéramos ser más transparentes como líderes y admitir la situación de nuestros hijos frente a las personas con quienes convivimos, esto contribuiría a que los demás también aprendieran a ser honestos con sus problemas. (Cabe destacar que en ocasiones es preciso hacer un anuncio público a la congregación, pero de forma tal que proteja a los hijos y les posibilite regresar al cuerpo de Cristo cuando lo deseen). Los miembros de la iglesia sabrían que hay un líder que entiende realmente la situación por la que otros también están pasando.

Muchas veces la vergüenza nos impide enfrentar esa circunstancia, pero es preciso aclarar que ésta no viene de Dios. La vergüenza proviene de nuestro orgullo herido: la noción de que soy incapaz de ser un modelo perfecto por mi propio esfuerzo. Jesús afirmó que Dios conoce profundamente nuestros corazones y que estos son malos. No hace falta mantener las apariencias. Dios hace que el pecado salga a relucir para que pueda ser enfrentado tanto en nuestra vida como en la de las personas que amamos. Él quiere que aprendamos a odiar el pecado a causa de las consecuencias dañinas que trae, pero sin dejar de amar al pecador. Es en estos momentos tan duros cuando aprendemos a amar a nuestros hijos como Dios nos ama, por gracia, inmerecidamente, sólo porque son «nuestros», nos «pertenecen», y no porque hayan hecho gran cosa para merecer nuestro amor.

Elsy Carvalho
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El cementerio de la carne

Valoro mucho los ayunos de alimentos, mas estoy convencido de que no sirve de nada abstenerse de alimentos todo un día si luego nos «atragantamos» con la televisión o con cualquier otro tipo de distracciones el resto de la semana. Por eso, estar muerto a la carne significa ser capaz de darlo todo no solo en un ayuno ocasional, sino en toda nuestra vida.

Un ayuno especial

Hay dos áreas personales con las que he luchado gran parte de mi juventud. La primera es la televisión pues siempre me han apasionado los medios de comunicación en todas sus formas. De hecho, una gran parte de mi adolescencia trabajé como dibujante humorístico y diseñador gráfico de revistas y periódicos.

Podía pasar más de cinco horas haciendo zapping con el control remoto, recorriendo sistemáticamente más de sesenta canales. Nunca lo consideré una debilidad, pues calmaba mi conciencia con el argumento de que tan solo estaba informándome. Después de todo, necesitaba desconectarme de las tensiones diarias. Sin embargo, poco a poco las horas perdidas frente al televisor lograban disipar mi vida de oración. «Puedo manejar esto con madurez —decía—, si elijo qué mirar; así nunca tendré problemas con mi vida espiritual».

Una noche, luego de apagar el televisor, fui a mi cuarto a orar y le pregunté al Señor qué me faltaba para que Él pudiera usarme. Entonces oí una voz en el corazón: «Quiero que ayunes. Pero no un ayuno de alimentos, sino un ayuno de cosas legítimas».

Eso significaba abstenerme de ciertos «placeres» que, no necesariamente eran pecado pero sí me eran solicitadas por Dios. Un ayuno de «cosas legítimas» implica entonces negarse amistades poco convenientes, conversaciones ociosas u horas frente a la pantalla del televisor. Si piensa que me quejé, está en lo cierto. Después de «explicarle» al Señor que mirar televisión no es pecado ni tampoco el observar una película me haría abandonar la oración, y después de esgrimir muchas otras excusas, entendí que Dios deseaba hacerme iniciar mi paso por la cruz ayunando de todo lo que ocupaba mi valioso tiempo.

Valoro mucho los ayunos de alimentos, mas estoy convencido de que no sirve de nada abstenerse de alimentos todo un día si luego nos «atragantamos» con la televisión o con cualquier otro tipo de distracciones el resto de la semana. Por eso, estar muerto a la carne significa ser capaz de darlo todo no solo en un ayuno ocasional, sino en toda nuestra vida.

Entrégame el ministerio

Lo segundo por enfrentar fue mi amor desmedido hacia el ministerio.

El 17 de junio de 1996 viajé a San Nicolás, Buenos Aires, para predicar en una cumbre juvenil. En medio de la oración pedí al Señor me mostrara si aún quedaba algo que continuara empañando mi comunión con Él. Fue entonces cuando pude oír claramente: «Tu ministerio». Le dije al Señor cuán agradecido estaba por el trabajo con la juventud y que anhelaba saber si existía algún impedimento para acercarme a Él. «Tu ministerio» —fueron otra vez las dos únicas palabras que escuché con claridad. Dios trataba de decirme que mi trabajo en la obra de Dios había ocupado el lugar que le pertenecía únicamente a Él.

«Oh, Señor amado —oré— he luchado con mis complejos gran parte de mi juventud y lo único que me dio esperanzas fue haberte conocido. El ministerio es todo lo que tengo, es mi motor, mi oxígeno. Tú sabes cuánto amo predicar y hacer cruzadas; si me pides eso, no me queda absolutamente nada». Aunque todo lo expresado era cierto, también ese amor por el ministerio, bien lo sabía, opacaba a quien me lo había entregado. Y cuando la profecía se vuelve mayor que su propio generador, es necesario sacrificarla en el altar.

El hambre por el éxito había tomado el control y el hambre de Dios tenía el asiento trasero. Dios cela ese estrado que tanto amamos. El Señor, de ser necesario, nos arrancará de los púlpitos y nos llevará a su intimidad, al cuarto privado de oración.

Recuerdo una etapa de mi vida donde, literalmente, llegaba exhausto a la cama; en otras, solo revisaba viejos bosquejos de sermones para elegir cuál predicaría esa misma noche. Y aunque todas mis actividades las hacía de corazón y eran absolutamente loables, también secaban mi vida espiritual, es decir, mis ocupaciones estropeaban mi altar. Incluso llegué al punto de tener compromisos para predicar hasta ¡dos años enteros por adelantado! En esos momentos me sentía realizado de ser tan joven y de tener tanta actividad relacionada con el Reino. Pero para Dios no es importante una agenda repleta sino una buena relación con Él.

En medio de este caos de actividades, me llegó una invitación a uno de los congresos más importantes de Latinoamérica. Por supuesto acepté gustoso y fijamos una fecha. Cuando corté el teléfono, Dios me dijo claramente: «No vas a ir. Quiero que suspendas todas tus invitaciones y vengas a mi altar. Te espero en las madrugadas para charlar cara a cara». Evidentemente no fue fácil obedecer, pero Él no estaba dispuesto a que el ministerio devorara mi comunión íntima con Él.

Las credenciales y los doctorados no te habilitan para estar ungido, solo pasar por la cruz marca la diferencia.

Dante Gebel
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¡Claro... vivir con Dios es fácil!

En gran parte de su historia el cristianismo ha sido inflexible y severo. Y la causa o razón ha sido la misma: un concepto indigno, o un punto de vista inadecuado de Dios. ¿Cuál es el concepto que usted tiene de Dios? ¿Cómo lo percibe? El autor A. W. Tozer nos indica que depende del concepto que tengamos de nuestro Padre, así seremos nosotros. Entonces surge la pregunta, ¿cómo es Dios para usted?

El primer ataque de Satanás a la raza humana fue sutil y astuto para destruir la confianza que Eva tenía en la bondad de Dios. Desafortunada y lamentablemente para ella y para nosotros, él tuvo éxito. Desde ese día hasta la fecha, los hombres han sostenido un concepto falso de Dios. Esto es precisamente lo que ha minado y socavado el terreno de la justicia y les ha inducido a una vida descuidada, temeraria, atolondrada y un destino destructivo.

Nada tuerce y deforma al alma más que un concepto bajo e indigno de Dios. Por ejemplo, los fariseos, a pesar de que consideraban que Dios era severo y austero, lograron mantener un nivel relativamente alto de moralidad externa; sin embargo, su propia justicia era externa. Por dentro eran «sepulcros blanqueados», como nuestro Señor mismo se los dijo. Su concepto equivocado de Dios resultó en una idea errada de la adoración. El fariseo no amaba a Dios y el servicio que le rendía lo consideraba una esclavitud, pero no podía escapar de dicho servicio sin afrontar una pérdida demasiado grande. No era fácil vivir con el Dios del fariseo, así que su religión se volvió inflexible, difícil y sin amor. No podía ser de otro modo, porque nuestra noción o concepto de Dios siempre tiene que determinar la calidad de nuestra religión.

Gran parte del cristianismo desde los días en que Cristo anduvo en la tierra como humano ha sido inflexible y severo. Y la causa o razón ha sido la misma: un concepto indigno, o un punto de vista inadecuado de Dios. De modo instintivo tratamos de ser semejantes a nuestro Dios, y si creemos que él es austero, duro y exigente, así seremos nosotros.

De este fracaso en la comprensión de Dios surge un mundo de infelicidad y tristeza entre buenos cristianos hasta el día de hoy. Se cree que la vida cristiana se trata de que carguemos la cruz en forma malhumorada e indiferente bajo el ojo escrutador de un Padre severo, quien espera mucho y no perdona nada, ni permite excusas ni disculpas. Se cree que Dios es austero, enojadizo, iracundo, de temperamento malhumorado, y extremadamente difícil de complacer. La clase de vida que nace y surge de dichas calumnias y nociones tan difamatorias conduce a una mera parodia de la verdadera vida cristiana.

Para nuestro bienestar espiritual, es de suma importancia que siempre tengamos presente un concepto correcto de Dios. Si pensamos que él es frío y exigente, nos será imposible amarlo, y nuestras vidas se encontrarán sumidas en un temor servil. Si, por el contrario, consideramos que es bondadoso y comprensivo, toda nuestra vida interior reflejará esa idea.

La verdad es que Dios es el más atractivo, simpático, amable y amante de todos los seres, y servirle constituye un placer indescriptible. Él es todo amor, y quienes confían en él no necesitan conocer nada más que ese amor. Él es justo a cabalidad, y no podemos esperar que tolere el pecado pero, por intermedio de la sangre del pacto eterno, él puede actuar hacia nosotros exactamente como si nunca hubiésemos pecado. Para los hijos de los hombres, cuya confianza esté depositada en él, su misericordia siempre se impondrá y triunfará sobre la justicia.

El placer de la comunión con Dios supera las expresiones del lenguaje humano. Él se comunica con sus redimidos en una comunión fácil, sin inhibiciones ni impedimentos, que proporciona descanso, salud y sanidad al alma. Dios no se siente ofendido, ni es egoísta, ni temperamental. Lo que Dios es hoy, encontraremos que lo será mañana y al día siguiente y el próximo año. No es difícil complacerlo, aunque tal vez sea difícil satisfacerlo. Él espera de nosotros únicamente aquello que él mismo nos ha suplido. Él está presto a tomar nota del esfuerzo más sencillo y leve de agradarle, e igualmente está presto y listo a pasar por alto las imperfecciones cuando sabe que tuvimos la intención de hacer su voluntad. Nos ama por lo que somos y valora nuestro amor más que las galaxias de mundos recién creados.

Desafortunadamente, muchos cristianos no pueden liberarse de sus nociones pervertidas de Dios, y estas nociones envenenan sus corazones y destruyen su libertad interior. Sirven a Dios de manera terrible e inflexible, como lo hiciera el hermano mayor, haciendo el bien sin entusiasmo ni gozo, y se les hace totalmente imposible comprender la celebración alegre, y la fiesta animada y vivaz porque el hijo pródigo regresa al hogar. Su idea de Dios descarta la posibilidad de que Él experimente felicidad y gozo en su pueblo, y atribuyen el canto y la algazara a un mero fanatismo. Son almas infelices, condenadas a caminar penosa y pesadamente en su sendero melancólico, con determinación inflexible de hacer el bien aunque se les caiga el cielo encima y a estar en el grupo o partido ganador el día del juicio.

¡Cuán bueno sería si pudiésemos aprender y comprender que es fácil vivir con Dios! Él se acuerda de nuestra condición y sabe que somos polvo. Tal vez tenga que castigarnos a veces, por cierto, pero aun esto lo hace con una sonrisa, la sonrisa orgullosa y tierna de un Padre que prorrumpe en placer por un hijo imperfecto pero prometedor, cuya imagen se asemeja cada día más a la de Aquel cuyo hijo él es.

Algunos de nosotros nos sentimos saltones y tiritones, estamos conscientes de nosotros mismos y carecemos de naturalidad porque sabemos que Dios ve hasta nuestro más íntimo pensamiento y conoce a cabalidad nuestros caminos. No hay necesidad de que seamos y vivamos tan atemorizados. Dios es la suma total de toda paciencia y la esencia de la bondadosa buena voluntad. Le agradamos al máximo, no tratando con frenesí de ser buenos y hacernos mejores, sino arrojándonos en sus brazos con todas nuestras imperfecciones, creyendo que él comprende todo y nos ama a pesar de ello.

A. W. Tozer
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Preguntas como las del maestro

¿Qué huellas está dejando en la vida de las personas que discípula? ¿Cómo puede guiarlas a tomar decisiones trascendentes, que den un giro sustancial a su vida? El artículo es un análisis conciso de las preguntas que Jesús hizo en el capítulo 8 del Evangelio según San Marcos. Desarrolle el arte de hacer preguntas como las que hacía el Maestro de maestros y ¡empiece hoy a propiciar el cambio en la vida de las personas que usted ministra!

Ocho tipos de preguntas que Jesús usaba para producir un cambio en las personas.

«¿Aún no entendéis?»

—Jesús (Marcos 8.21)

Fuera en una reunión pública, en una confrontación con sus enemigos, o en una conversación privada con sus amigos más cercanos, Jesús consistentemente usó preguntas para producir cambios y crecimiento en las personas. En el capítulo 8 del Evangelio según San Marcos, Jesús usa ocho tipos de preguntas.


  1. Responder a preguntas (Marcos 8.5) En lugar de ofrecer simplemente una respuesta a una pregunta (y por consiguiente limitar el potencial de aprendizaje que esta tenía), Jesús a menudo respondía a la pregunta de su interlocutor con otra pregunta. En Marcos 8, cuando sus discípulos le preguntaron a Jesús cómo planeaba alimentar a la multitud de cuatro mil personas, respondió con una pregunta: «¿Cuántos panes tenéis?». Esa pregunta mantuvo a sus discípulos involucrados. Se requiere de confianza y sabiduría para hacer preguntas que involucren a las personas. Hacer una simple pregunta como: «¿Qué piensa el resto de ustedes?» puede mantener a las personas involucradas en la búsqueda de la verdad. Cuando respondemos a todas las preguntas, le robamos a nuestro interrogador la satisfacción que solo encuentra en el descubrimiento personal.
  2. Captar información (Marcos 8.5, 19–-21) Jesús eventualmente hizo algunas preguntas de carácter personal en este capítulo. Sin embargo, en el diálogo empezó a hacer preguntas cuya respuesta se basaba en hechos. La pregunta «¿Cuántos panes tenéis?» involucró a sus discípulos en la solución del problema, pero en un nivel en el que no se sintieran amenazados. Usar este tipo de preguntas ayuda a mantener al grupo involucrado mientras, sutilmente, orientamos las próximas preguntas a un plano más personal, más íntimo. Una pregunta basada en hechos como por esta: «¿Cuántos años llevas en tu empleo actual?» no requiere que la persona revele demasiada información privada, pero aún así nos proveerá datos que nos permitan conocer más de cerca a la persona.
  3. Declarar su opinión (Marcos 8.12) Jesús diestramente hizo preguntas retóricas para enfatizar un punto de una manera poderosa pero sin contender. La pregunta «¿Por qué esta generación busca una señal?» comunicó mucho más que si hubiera declarado «¡Qué incrédulos más tercos!». Dicha diplomacia es una beneficiosa estrategia para propiciar el aprendizaje.
  4. Comunicar pasión (Marcos 8.17-–18) Cuando se unen varias preguntas retóricas, se puede transmitir una pasión espectacular. En Marcos 8.17–18, Jesús le preguntó a sus discípulos: «¿Por qué discutís que no tenéis pan? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Tenéis el corazón endurecido? Teniendo ojos ¿no veis? Y teniendo oídos, ¿no oís?». Cuando Jesús hacía preguntas tan seguidas, las personas que lo escuchaban quedaban pensativas y sin saber qué decir. Esta técnica puede usarse eficazmente en discusiones grupales para reforzar poderosamente un punto.
  5. Corregir (Marcos 8.21) Cuando necesitamos corregir a alguien, expresarlo en forma de pregunta puede permitir que la persona haga los cambios necesarios sin ponerse a la defensiva o perder el dominio propio. En lugar de decir: «Ustedes son tan estúpidos, nunca entienden nada», Jesús preguntó: «¿Aún no entendéis?» Esta pregunta marcó una diferencia mientras mantuvo a los participantes involucrados.
  6. Retroalimentar (Marcos 8.23) Mientras sanaba a un ciego, Jesús le preguntó: «¿Ves algo?» Podemos hacer el mismo tipo de pregunta en cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. Una pregunta como «¿Cuál es la idea de este asunto?» puede revelar el nivel de comprensión y mantener a las personas en el camino del aprendizaje.
  7. Confrontar creencias personales (Marcos 8.27–29) Hacia la conclusión de Marcos 8,Jesús planteó una pregunta directa y claramente personal para confrontar y guiar a sus discípulos a una decisión en el plano de la fe. En ese momento, por las abundantes evidencias que ya habían recibido de la identidad de Jesús, ellos ya estaban listos para decidir qué creer de él. Empezó con una pregunta que no demandaba de ellos una respuesta comprometedora, —«¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Marcos 8.27)— para luego llegar a la pregunta crítica, la personal, que sí los comprometía —«¿Quién decís que soy yo?» (Marcos 8.29). Cuando queremos que nuestro grupo tome una decisión en el plano de la fe, ya sea que redefina creencias, u opte por una posición en un tema controvertido, un buen método es preguntar: «¿Cuáles son las distintas posiciones sobre este tema?» antes de pasar a una pregunta como «¿Por cuál posición opta usted?» o «¿Qué cree usted sobre este asunto?»
  8. Buscar decisiones de estilo de vida (Marcos 8.36–-37) Marcos 8.36–37: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? Pues ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?» Este tipo de preguntas llega hasta el corazón de un asunto y no es fácil de responder porque sólo tiene dos opciones. Este es el último pasaje del capítulo, y es el clímax de la confrontación que el Señor inició en el versículo 27. Les está dando la libertad de continuar con él o no, después de afirmarles abiertamente que seguirlo implica la renuncia a sus metas de gloria. Un ejemplo de dicha pregunta podría ser: «¿Qué vas a ganar si tomas esa decisión? Y ahora, ¿qué vas perder si la tomas? Ahora bien, compara ambas, ¿qué es lo que realmente quieres?» Si cerramos con este tipo de pregunta o la escribimos al final de un folleto, podemos crear un fuerte impacto.


David Arco
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¿Excelente pastor, mal lider?

La mayoría de nosotros nos involucramos en el ministerio pastoral porque sentimos pasión por la obra de nuestro Padre. Por eso nos capacitamos en exégesis, hermenéutica, teología sistemática, dirección espiritual, y consejería para compartir las hermosas verdades del Reino. Sin embargo, olvidamos que ser pastor significa también que debemos ser buenos líderes...

Cinco personas de rostro solemne y con mirada distante se hallaban sentadas del otro lado de la mesa de juntas. Era el momento de evaluar mi pastoreo y nadie se veía particularmente festivo.

Por varios meses se habían visto señales de disconformidad acerca de mi «ejecución» pastoral. Nadie dudaba de mis dones como predicador ni tampoco cuestionaban mi compromiso hacia Cristo. Pero ese día todas las personas sentadas a la mesa sabían que había una creciente disconformidad con respecto a mis destrezas como administrador y líder. A pesar de eso, me mantenía seguro, listo para admitir mis fallas y defender mi posición como pastor.

Un mes antes, los miembros del comité de relaciones de la congregación llenaron una fórmula de evaluación para calificarme en una escala del 1 («necesita mejorar bastante») al 5 («excelente, superior»). Ahora, todos estaban rígidos en sus sillas, jugueteando con sus fórmulas de evaluación ya llenas.

Finalmente, para romper el incómodo silencio, pedí voluntariamente que se me evaluara.

Me califiqué con un 3 y un 4 en la mayoría de las áreas pero decidí ponerme un 2 («Necesita mejorar un poco») en el área de liderazgo y administración.

«Confieso que esta área no es mi fuerte» —les dije. «Ha sido una dura transición el venir de una iglesia pequeña, pero estoy dispuesto a crecer como su líder.» ¿Qué más transparente y vulnerable puede ser un pastor? Pensé. Seguramente tendrán compasión, o al menos se apiadarán de mí. Probablemente insistirán que eleve el puntaje a 3 (satisfactorio).

Juan, el miembro mayor del comité, golpeó levemente su lapicero y observó su fórmula de evaluación. «Bueno, pastor —expresó— realmente yo pensaba que 2 era demasiado alto. Como líder y administrador yo lo califiqué con 1.»

Eché un vistazo a la página de notas que Juan había escrito en la sección de comentarios: «Comunicación pobre… pobre administración… liderazgo confuso» eran algunas de las frases que alcanzaron mis ojos.

«Juan, no creo que el Pastor sea así de malo como líder» —dijo una joven mujer llamada Janet. «Digo, si él fuera así de malo, la iglesia ya hubiera desaparecido.»

Juan la miró como si dijera «Ese es mi punto exactamente.»

Después de media hora de discusión, el comité estuvo de acuerdo de que yo no era tan malo como para merecer un 1. Así que me dieron un 2.

Seguro como pastor, inseguro como líder

Naturalmente, todo el proceso fue desalentador y doloroso.

La mayoría de los días soy un pastor muy seguro. Ingresé al ministerio porque amo a Jesús y él me dio una pasión ardiente para amar a los demás. Amo conectar a las personas con Cristo. Amo ver las Escrituras convertirse en una realidad en la vida de las personas. Amo dirigir a las personas en la adoración. Por la gracia de Dios, puedo hacer todo esto con pasión y excelencia y Dios ha usado mis dones pastorales para ganar almas para Cristo.

Por ejemplo, pocos días después de escuchar mi sermón acerca de Jacob titulado «El poder de rendirse», un joven me llamó y me dijo: «No pude hablar con usted el domingo acerca de su sermón; pensé que iba a empezar a llorar desconsoladamente. Verá, antes de llegar a la iglesia, me preparaba para abandonar a mi esposa. Su sermón me llegó justo al corazón. Soy como Jacob: me mantengo eludiendo a Dios y a los demás. Volví a comprometer mi vida a Cristo durante su sermón, y ahora quiero corregir mi relación con mi esposa.»

Una semana después de esa llamada, almorcé con un nuevo creyente en Cristo. Durante el último año, nos hemos reunido regularmente para darle dirección espiritual como su mentor. Antes de eso, él estuvo activamente involucrado en un estilo de vida homosexual durante siete años. Ahora, está obteniendo entereza sexual a través de Cristo.

«Pastor —me dijo— no puedo creer, que a pesar de toda la basura que ha visto en mi vida, nunca se haya dado por vencido conmigo. Gracias por estar presente. Gracias por ser mi pastor.»

Para mí, ese es el corazón del ministerio. En mis primeros ocho años como pastor, mantuve mi enfoque claro y simple: amar a Jesús y a los demás. Las personas de mi pequeña iglesia rural me dieron una desafiante pero concisa descripción laboral: «Predique la Palabra, enseñe a nuestros hijos, entierre a nuestros amigos, llámenos por nuestro nombre, tome café con nosotros, guíenos a Jesús, desafíenos a compartir y practicar nuestra fe. En resumen, díganos la verdad y ámenos.» Mi liderazgo no se guiaba por declaraciones de visiones, metas a cinco años, y futuros planes de equipo. Dirigí como alguien que pastoreaba, predicaba y amaba.

Actualmente, estoy en una iglesia cuatro veces más grande que la pequeña iglesia rural. Las expectativas son más altas y la comunicación es más complicada. Tenemos dos equipos que trabajan a tiempo completo y cinco que lo hacen a medio tiempo. Muchos de mis hermanos tienen sus propios negocios y supervisan a docenas de empleados.

A pesar de eso, mis hermanos necesitan el corazón de alguien que los pastoree, predique y ame. Pero ahora también quieren que maneje a las personas, establezca metas, aclare la visión, ayude a establecer salarios, resuelva conflictos, produzca resultados, desarrolle líderes, sirva como vocero de relaciones públicas, levante fondos, diseñe la organización, acelere el crecimiento de la iglesia y promueva la comunicación. Muchos de mis hermanos fueron específicamente capacitados para manejar estos asuntos.

Me capacitaron en exégesis, hermenéutica, teología sistemática, dirección espiritual, y consejería. Juan tenía su punto. Mis destrezas como administrador de la iglesia eran débiles.

Dos semanas antes de Navidad, por ejemplo, uno de los miembros del equipo se salió de una reunión de concilio de la iglesia y renunció al día siguiente. La congregación inmediatamente empezó a darme consejos de lo que podía hacer. «Contrátela de nuevo» —me decían algunos. «Déjela ir» —me decían otros. Yo dije: «Déjenme fuera de esto pero recuerden que ¡los amo!»

Algo estaba absolutamente claro: el modelo del siervo que pastorea, predica y ama no era suficiente. Necesitaban a un líder fuerte, un jefe, un piloto. O como nuestro dirigente de junta decía: «Pastor, alguien tiene que dirigir esta iglesia y ¡creo que ese alguien es usted!»

Pésimo líder, mala persona

El dilema del «excelente pastor, pésimo líder» golpeó la raíz de mi identidad. Se aferró a mi sentido de vergüenza. Para mí, hay una línea muy delgada entre «Soy un pobre líder» y «No soy las persona adecuada» y «Soy un fracasado en mi llamado y por tanto como cristiano».

Mi amigo Jorge es pastor de una saludable iglesia. Sus mentores fueron los líderes más prestigiosos de nuestra denominación. Jorge es un líder dotado y visionario. Su pasión son los asuntos del liderazgo de la iglesia. Devora libros escritos por Bill Hybels, John Maxwell, George Barna, y Rick Warren. Jorge comunica confianza y seguridad como líder.

Cada vez que Jorge comparte sobre el crecimiento de su iglesia, no me siento enojado; solo siento que mi rol como líder es deficiente. ¿Por qué no puedo dirigir una iglesia como lo hace Jorge? Me digo a mí mismo. Devoro libros escritos por C.S. Lewis, Feodor Dostoevsky, Richard Foster, y San Juan de la Cruz. ¿Me dejó el tren del liderazgo? ¿Acaso seré un pastor incompetente?

En medio de este turbulento sentimiento de fracaso, llamé a mi mentor pastoral, Felipe Hinerman de setenta y nueve años de edad. Por treinta y siete años, mi mentor pastoreó una iglesia metodista en el centro de la ciudad de Miniápolis. Hoy esa iglesia es un testimonio vivo en la comunidad, ahí predican el evangelio y ejemplifican lo que es una reconciliación racial centrada en Jesucristo. Pero cerca de la primer mitad de su ministerio, la iglesia perdió miembros en forma consistente y pasaron de tener 1.400 miembros en 1952 a 700 en 1974.

Creía que mi mentor se identificaría con mis sentimientos de fracaso, así que honestamente le pregunté: «Durante esos años en que la iglesia iba hacia abajo numéricamente, ¿alguna vez te sentiste que eras un fracasado como líder?»

«Por supuesto que no —dijo sin dudar— la situación de mi iglesia, mi «éxito» como líder nunca fue un asunto espiritual. Realmente no tenía nada que ver con mi valor como ministro o mi caminar con Cristo. Me rendí a Cristo cuando empecé mi ministerio y así estuve incluso cuando perdía cien miembros por año.»

Su perspectiva me ayudó a separar mis luchas de liderazgo con mi identidad en Cristo. Lo había hecho un asunto espiritual: Lucho como líder; por tanto, soy un fracasado espiritual. Después de esa conversación, el sentimiento sofocante del fracaso empezó a disiparse.

Los requisitos para liderar

Sin la sombra del fracaso oprimiéndome, fui capaz de desarrollar un enfoque diferente para tratar los asuntos que tenían que ver con mi liderazgo. Me di cuenta que cada pastor debe aplicar cierto nivel de liderazgo con el fin de pastorear el rebaño. He enfrentado mi necesidad por mejorar mis destrezas de liderazgo. A pesar de que aprender es un proceso, puedo hacerlo.

«Los que actualmente están involucrados en el ministerio tienen grandes bendiciones» —me dijo mi mentor. «Tienen acceso a libros, conferencias y videos. Aprende todo lo que puedas. Lee y ora todo lo que puedas. Y entonces predicarás todo lo que puedas.»

Después de conversar con él, decidí que al año siguiente me iba a preparar para resolver los problemas del liderazgo pastoral. Hasta el momento ha valido la pena. Ahora entiendo que en mi caso liderar significa cinco principios.

1. Debo mantener a la iglesia enfocada en nuestra misión
Continuamente les recuerdo a mis hermanos nuestra misión y visión. Cuando debemos tomar decisiones le digo a cada líder y miembro: «¿Cuál es nuestra misión? ¿Qué nos está pidiendo Dios que hagamos?» Hace unas semanas, me reuní con ocho personas comprometidas pero un poco conflictivas. Realmente estaban despedazándose entre sí. Llegué sin un discurso preparado o una agenda, tan solo con un propósito: abrir mi corazón y compartir mi pasión por el ministerio y por la iglesia.

Con un corazón quebrantado, hablé claramente sobre nuestra misión: «Creo con todo mi corazón que Dios quiere que alcancemos a las personas perdidas, heridas y destrozadas. Dios quiere que seamos un santuario de la gracia y sanidad de Cristo. Desafortunadamente, creo que estamos demasiado cómodos. Hemos alcanzado una estabilidad espiritual y numérica. Si vamos a alcanzar a esas personas, no podemos hacerlo como si usted fuera un "negocio normal". Cada creyente necesita tener una conexión vital con Cristo. Y cada creyente necesita que se le enseñe y que se le envíe como un ministro de Jesús.»

Después de abrir mi corazón, los escuché a ellos. Lloré con ellos. Los insté a que se perdonaran unos a otros y que se unieran conmigo a alcanzar la visión que Dios tenía para nuestra iglesia.

2. Veo mis fortalezas pastorales como parte de mi estilo único de liderazgo
Incluso a medida que crezco en las destrezas de liderazgo, sé que nunca seré un líder como mi amigo Jorge. No fui hecho de esa forma. Pero sí tengo dones y visión y creo que la iglesia necesita esto así como la iglesia de Jorge necesita sus dones y visión.

Por ejemplo, mi pasión ministerial —sanar almas por medio de la predicación y dirección espiritual— no cambia inmediatamente la estructura organizacional de la iglesia. Por su propia naturaleza, la dirección espiritual se da cuenta de los pequeños y quietos movimientos de lo que Dios hace en las almas. Moldear almas a través de la predicación no siempre es inmediato. Ambos llevan su tiempo. Pero cuando se empieza en el poder del Espíritu Santo, con el tiempo cambian poderosamente a toda la iglesia.

3. Tomo las decisiones necesarias
En situaciones como la crisis de la partida de miembros de equipo, algunas veces un líder debe tomar una decisión y soportar la tormenta.

Una situación donde se necesita de este principio es en nuestro culto de adoración contemporánea. Este nuevo culto había provocado una enorme tensión. ¿Realmente lo necesitamos? ¿Hay resultados? ¿Por qué necesitamos un nuevo equipo de sonido?

Me he comprometido firmemente en apoyar este culto. He explicado que es un diferente tipo de alcance y que es un culto de adoración respetable y sólido. He dejado en claro que el culto se mantendrá, lo apoyaremos y es parte de nuestra misión verlo crecer. El cómo es negociable, pero estoy enviando un claro mensaje: vamos a dejar de pelear, y ya sea que les guste o no la música, apoyaremos el culto y alcanzaremos nuevas personas para el reino.

4. Le hago preguntas cruciales a la congregación
Comento algo sobre algún asunto y dirijo la discusión.

Por ejemplo, trato de usar mi revisión pastoral actual como una herramienta para analizar las funciones pastorales y las expectativas. ¿Qué es un pastor? ¿Cuál es mi visión para el ministerio? ¿Cuáles son las percepciones de la congregación de lo que yo debería estar haciendo? ¿Cuáles son mis dones? Si el pastor no tiene dones administrativos, ¿deberíamos dejarlo libre en esa área para que haga algo más? ¿Qué significa ser el Cuerpo de Cristo?

5. Me comunico más
Descubrí que mi problema más grave en el liderazgo ha sido sencillamente mi falta de comunicación. Por dos años traté de cambiar la cultura de una iglesia centrada en el pastor a una donde los líderes laicos tienen poder. Aparentemente la gente no tenía ni idea de lo que me proponía hacer.

Ahora comunico la visión que tengo para el ministerio a través de los canales formales: boletines, hablo sobre la visión en las reuniones, dirijo devocionales que se concentren en nuestra misión, abro foros de discusión, y envío correos electrónicos a los miembros del comité. También comunico la visión a través de conversaciones informales.

Un miembro de nuestro concilio, por ejemplo, estaba obviamente frustrado con mi estilo de liderazgo. Fui a su oficina y le compartí mi corazón con respecto al ministerio, también le conté que quería equipar a las personas y no hacer yo todo el trabajo. Lo miré directo a los ojos y le dije: «Nuestra iglesia está demasiado débil y pasiva en este momento». Él afirmó con su cabeza, «Lo que más anhelo es una iglesia más fuerte en donde las personas tengan libertad para servir al ministerio.»

Finalmente, algo hizo click en él: «Ya entiendo —dijo emocionado— es como mi asistente y yo. Ella está capacita en manejar 75 por ciento de lo que yo puedo hacer. Hay ciertas cosas que solo yo debería hacer, pero obtenemos casi el doble cuando ella usa sus dones».

Ahora Juan y otros empiezan a captar la visión. Los hermanos y hermanas ahora se están uniendo al campo de batalla.

Un día, Julia me dijo emocionada: «Pastor, después de nuestro estudio bíblico, Susana me pidió que orara por algunas luchas personales». Había una llama en sus ojos a medida que hablaba sobre el llamado de Dios para usarla en el ministerio.

Cintia también se me acercó para contarme sobre la necesidad de un ministerio de oración en nuestra iglesia. Le dije: «Dios ya te ha dado la pasión y los dones. ¿Por qué no lo inicias?» Actualmente dirige un grupo de oración semanal.

En los últimos dos años, tenía una interesante visión para el ministerio, pero la congregación no sabía cuál era. Falta de comunicación. Ellos no podían leer mi mente.

Ahora pongo más atención a la hora de comunicar mi visión, mi estilo, y mis pasiones como líder espiritual. Mi estilo de liderazgo es único y tal vez no se ajuste a la idea de todos. Pero a medida que crezco en Cristo y en destrezas ministeriales, Cristo cierra la brecha que existe entre el modelo del buen pastor y líder pobre.

Mateo Woodley
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El valor de la vida interior

¿Cómo podemos provocar en nuestras iglesias una reforma que desafíe la validez espiritual de lo externo? ¿De qué manera podemos romper la histórica discrepancia entre el ser y el hacer? A. W. Tozer nos invita a reflexionar sobre la imperiosa necesidad que el cristiano tiene de trabajar en su vida interior.

Desde el punto de vista histórico, el Occidente ha mantenido la tendencia de colocar su énfasis principal sobre el hacer, y el Oriente ha dado más importancia a ser. Lo que somos siempre ha parecido más importante a los orientales; los occidentales han estado más dispuestos a fijarse y decidirse por lo que hacemos. Unos han glorificado el verbo ser; los otros, el verbo hacer.

Si la naturaleza humana fuera perfecta no habría discrepancia alguna entre ser y hacer. El hombre en su estado original antes de la caída habría actuado desde adentro, sin siquiera pensarlo. Sus actos o acciones serían la verdadera expresión de su ser interior.

Pero como la naturaleza humana se pervirtió, no es tan sencillo ni tan simple pintar el cuadro . El pecado introdujo la confusión moral y la vida se ha vuelto complicada y difícil. Aquellos elementos dentro de nosotros que fueron creados para trabajar y operar juntos y unidos en armonía, con frecuencia suelen aislarse el uno del otro en forma total o parcial, e incluso, ambos tienden a ser hostiles entre sí. Por esa razón es extremadamente difícil conseguir la simetría del carácter.

De esta profunda confusión interna surge el antagonismo entre ser y hacer, y el verbo sobre el cual ponemos el énfasis nos ubica en una de estas dos categorías: somos «seres con énfasis en lo que somos», o bien somos «hacedores», lo uno, o lo otro. En nuestra sociedad civilizada moderna, se le concede la importancia y se coloca el énfasis sobre el hacer.

Nosotros los cristianos no podemos escapar al dilema. Es preciso que descubramos dónde pone Dios el énfasis y nos volvamos al patrón y modelo divino. Esto no debiera ser demasiado difícil ya que tenemos las Sagradas Escrituras con toda su riqueza de instrucción espiritual y, para interpretarlas tenemos el mismo Espíritu Santo quien las inspiró.

A pesar de todas nuestras oportunidades de conocer la verdad, la mayoría de nosotros somos lentos para aprender. La tendencia de aceptar sin preguntar y seguir sin saber el porqué es muy fuerte y poderosa dentro de nosotros. Por esta razón, lo que la mayoría de los cristianos crean y sostengan en un momento determinado se acepta como verdad segura y correcta, sin dar lugar a preguntas o dudas. Es más fácil imitar que crear, o dar origen; es más sencillo ser un imitador que un creador. Es más cómodo y más seguro, por lo menos en el momento mismo, seguir el desfile y marchar al son que se toca, sin hacer muchas preguntas acerca del destino a donde se dirige el cortejo.

Es por esta razón que la gente no se siente atraída por el ser y el hacer ocupa la atención de casi todos. A los cristianos modernos les falta simetría. No conocen ni saben casi nada de la vida interior. Son como un templo que es casi exclusivamente exterior sin nada en el interior. El color, la luz, el sonido, las apariencias, el movimiento, todos estos son tus dioses, oh Israel.

«El acento y el énfasis en la Iglesia de hoy» —decía el evangelista inglés Leonard Ravenhill— «no es en la devoción, sino en la conmoción.» La extroversión religiosa ha sido impulsada a tales extremos que casi nadie tiene el deseo, por no decir el valor, de cuestionar la solidez, la estabilidad, la validez, la rectitud y la verdad de tal postura. Lo externo se ha apoderado del control de la situación. Dios ahora habla sólo por medio de la tempestad y el terremoto; la voz suave y el silbo apacible ya no se perciben más. Toda la maquinaria religiosa se ha convertido en sonido y se ha dedicado al propósito de producir ruido. El gusto y la preferencia del adolescente que ama la trompeta fuerte, la percusión ensordecedora y el automóvil sin tubo de escape se ha introducido al escenario de las actividades cristianas modernas. A la antigua pregunta del Catecismo de Westminster, «¿Cuál es el fin y propósito del hombre?» ahora se le responde:, «lanzarse precipitadamente por todo el mundo y sumarle al ruido, al alboroto y al estrépito ya existentes.» Y todo esto se hace y realiza en el Nombre de Aquel que «No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles Su voz». (Mateo 12.18–23.)

Debemos comenzar la reforma necesaria desafiando la validez espiritual de lo externo. El ser de un hombre es más importante que lo que él hace. La calidad moral de cualquier acto o acción manifiesta la condición del corazón. Es posible que exista un mundo de actividad religiosa que surja no desde adentro, sino desde afuera y que pareciera tener poco o nada de contenido moral. Gran parte de la conducta religiosa es imitación o reflejo. Tiene su origen, emana y se radica en el culto que en la actualidad se le rinde a la conmoción y al ruido y su sonido no proviene de la vida interior.

Es preciso que se restaure en la iglesia el mensaje de Colosenses 1.27: «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria». Es indispensable que mostremos a una generación de cristianos nerviosos, casi al borde del frenesí, que el poder yace, radica y reside en el centro de la vida. La velocidad y el ruido son indicios de la debilidad, no de la fuerza. La eternidad es silenciosa; el tiempo es bullicioso. Nuestra preocupación con el tiempo es una triste evidencia de nuestra falta y carencia de fe. El anhelo y deseo de estar y ser dramáticamente activos es prueba de nuestro infantilismo religioso; es un exhibicionismo que se presenta de manera común entre los párvulos de la guardería infantil.

Tomado y adaptado del libro La raíz de los justos, A. W. Tozer, Editorial Clie, 1994.
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¿Es bueno para un cristiano ver anime?

“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo… De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.” Romanos 14:10,12

Muchas veces he escuchado y me he hecho a mi mismo esta pregunta: ¿Será bueno para un cristiano ver anime?… Algunas personas dicen que el problema es que el anime está lleno de brujerías y “cosas satánicas”, otras personas piensan que eso no es así, porque de todas formas para la mayoría de los propios japoneses hablar del “diablo” no tiene mucho sentido ya que ellos no creen en él. Así que, ¿Cómo podemos abordar este tema controversial?, ¿Tiene algo que decirnos la Biblia al respecto?, ¿Interesado?, ¡Vamos a verlo por nosotros mismos en la Palabra de Dios!

Anime = Comida

Ok, antes que pienses que estoy un poquito loco por decir que el “Anime” es lo mismo que la “Comida”, te pediré que me dejes explicarte el punto.

Este estudio está basado en Romanos capítulo 14 hasta el 15:1-6, cuyo contenido temático es “Los Fuertes y los Débiles en la Fe”; en este tema dirigido a los Romanos, iglesia mayormente compuesta por “gentiles”, es decir a personas que “no eran judías” (así como la mayoría de nosotros),  el apóstol Pablo nos orienta acerca de algo que en ese contexto era muy importante, y cuya aplicación puede trascender los siglos hasta el día de hoy respecto al popular “Anime”.

La situación era la siguiente, en aquella época las personas solían ofrecer sacrificios a ídolos y dioses paganos, la carne de los animales que eran ofrecidos en sacrificios era de mucha calidad, por ser lo mejor de lo mejor; pero a la vez era considerablemente más económica, por el mismo hecho que ya había sido sacrificada y no era atractiva para comer. Piénsalo, carne king quality a precios de gallo muerto, que buen negocio, ¿Cierto?

Así que, muchos cristianos se hallaban en el predicamento de: ¿Puedo comer de esa carne ofrecida a ídolos paganos?, ¿Me contaminaré con ella?, ¿Qué pensarán de mí los demás si me ven comer?, y ya te podrás imaginar. Quizás ya notaste todas las similitudes que existen entre el Anime y la Comida ofrecida a los ídolos, al menos encuentro las siguientes que me parecen fundamentales para poder hallar la enseñanza de Dios en esta porción bíblica, y es que tanto la Comida como el Anime comparten lo siguiente:

  • Ambas, de alguna forma, entran a nuestro ser.
  • Ambas podrían tener un pasado “ofrecido a ídolos”.
  • Si participo de ambas podría ser visto como un “cristiano inmaduro” o “poco comprometido”
  • En realidad, tenemos plena libertad en Dios de examinar y decidir sobre el contenido de ambas.

¡A Aprender!

Ahora bien, teniendo muy presente la comparación de que donde diga “El que come” pensemos en “El que ve anime”, leamos el siguiente pasaje:

“El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?” Romanos 14:3-4a

¿Ves el punto?, ¡Hay un aprendizaje muy bueno para ambos tipos de personas! Ya sea que veamos o no veamos anime, tenemos algo vital que adquirir de aquí. Lo realmente importante es que debemos aprender a NO juzgarnos entre nosotros mismos por este tipo de cosas. Como dice el verso 12, al final cada uno dará cuentas a Dios de sí mismo y Dios mismo es quien nos ha recibido a todos, pecadores, como somos; así que, ¿Quiénes somos para juzgarnos? ¿Somos Dios acaso?

Y para terminar de dar en el punto, por sí quedaba alguna duda, el apóstol Pablo recalca:
“Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.”
Romanos 14:14

¿Eso quiere decir que puedo ver el anime que quiera y de hecho no pasa nada? Pues sí… pero no,… aunque, en efecto, así es. ¡Espero no haberte confundido! ¡Jajaja!

Lo que sucede es lo siguiente: Tú puedes tener fe y decir “para mí no significa absolutamente nada ver este anime” y está bien, en verdad que no hay ningún problema con eso, pero por un pequeño instante piensa en aquellas personas que te rodean para las cuales sí significa algo negativo. ¿Serás un buen ejemplo para ellos? Pues no. Entonces ya no andamos conforme al amor, porque el amor NO busca lo suyo.

“Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió.” Romanos 14:15

¿Ves lo delicado qué es andar en amor?, muchas veces pensamos que el amor es solamente un sentimiento bien bonito que podemos experimentar cuando nos enamoramos de alguien, queridos amigos, eso es solo una pequeñísima parte de lo que realmente amor es. Amor es tomar decisiones en favor de las demás personas que amamos. El amor se expresa a través de acciones concretas en beneficio de otros, así como Jesús nos enseñó. Ah y también, el amor conlleva sacrificios.

Así que, debo decirte que sí tienes fe para ver anime y que no te suceda nada al respecto (aunque en realidad hay muchísimo anime que es muy bueno y no tiene nada de malo) pues te recomendaría lo hicieras para ti mismo, porque también debes tener consideración hacia tus otros hermanos que pueden flaquear al ver tu ejemplo, leamos como continúa el tema:

“Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.”
Romanos 15:1-2

Entonces no es importante ver o no ver anime, lo trascendental es que todos juntos busquemos agradar más a Dios con nuestras acciones en nuestro diario vivir. Así que, no entres en discusiones sobre sí está bien o está mal ver o no ver anime, simplemente está mal para la persona que piense que está mal, y para el resto no hay problema… Así de sencillo,… pero recuerda que debemos enfocarnos en glorificar a Dios con nuestras vidas y parte de eso es vivir en amor y paz con los demás.

¡Que delicioso aprender sobre temas actuales en la Palabra de Dios escrita hace tanto tiempo!

“Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.” Romanos 15:4

¡A Considerar!

Ahora bien, también debemos analizar brevemente lo siguiente. Dios nos da la posibilidad de evaluar todo lo que vemos, por esta razón 1 de Tesalonicenses 5:21-22 dice “Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal.” 1 Tesalonicense 5:21-22

Es precisamente por ésta razón que no podemos afirmar que “todo” el anime es “bueno” o que “todo” el anime es “malo”, hay muchísimas series que enseñan valores bastante buenos, como ser la lealtad, el servicio, el compañerismo, el respeto, etc. Así como también podemos ver otros malos ejemplos en otras tantas series; así que debemos tener el suficiente discernimiento para saber que está bien y que no está bien, ¿Lo ves?

Un último consejo, es recomendable que sí te gusta mucho ver anime te auto regules el tiempo que dedicas a esa actividad, comprendo muy bien lo que se siente querer ver más capítulos y más capítulos cuando una serie se pone muy buena; sé que puedes enviciarte y francamente es muy divertido, pero sabemos que Dios nos enseña a que utilicemos bien nuestro tiempo, mira:
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.” Efesios 5:15-16

Sí tienes comentarios acerca de esto, ¡No dudes en hacerlos!, ¡Estamos para servirte!
¡Que Dios te bendiga!

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El ejercito de sacerdotes

Los creyentes somos nación santa y real sacerdocio. Somos elegidos por Dios y por tanto debemos marcar la diferencia en este mundo. El presente artículo nos enseña que como nación de sacerdotes estamos llamados a ser evangelistas, ministros de sanidad, misioneros y profetas. Un llamado para sanar un mundo enfermo y necesitado del amor y del poder de Dios.

Un sacerdote es un canal de perdón, gracia, misericordia, sanidad. Un sacerdote provee cuidado pastoral. Este es el llamado que Dios ha hecho a todos los creyentes. El primer paso, entonces, en ayudar a las personas a involucrarse en un ministerio es recordarles ese llamado, que son «sacerdotes».

Hace más de una década, visité una interesante iglesia en la ciudad de Chicago. Mientras que en la mayoría de las iglesias de esta ciudad los sermones dominicales resonaban en auditorios casi vacíos, los sermones del pastor de esta iglesia llegaban hasta los oídos de cientos de personas domingo a domingo. Obviamente, era una iglesia poco común. Las personas sencillamente no se limitaban a dar sus ofrendas y a esperar que el pastor hiciera todo el trabajo. Ellos creían que habían sido llamados a ministrar y que por el poder de Dios podían hacerlo.

Tuve la oportunidad de conversar por un buen rato con el pastor. «¿Cuál es el secreto de su éxito?»

«Sencillo —me respondió—, solo le digo a la gente quienes son: escogidos por Dios, sus hijos, sus sacerdotes. No los avergüenzo por quienes no son; les digo quienes son.»

En ese momento, me prometí que si alguna vez regresaba al pastorado, iba a recordar eso. De hecho, sí regresé, y cumplí mi promesa. Le he estado diciendo a la gente quienes son, y funciona. Permítame usar mi experiencia como ejemplo.

Un reino de sacerdotes

Justo después de que Dios le diera a Moisés la Ley, lo instruyó a que le dijera al pueblo que eran un reino de sacerdotes (Éxodo 19.6). El Nuevo Testamento repite ese tema. Pedro se refiere a los creyentes como un sacerdocio santo y real (1 Pe 2.5,9). Al final de la Biblia, también se repite que los cristianos son llamados a ser un reino de sacerdotes (Apocalipsis 1.6).

Principalmente, un sacerdote es una persona que media entre Dios y otra persona. Un sacerdote es un canal de perdón, gracia, misericordia, sanidad. Un sacerdote provee cuidado pastoral. Este es el llamado que Dios ha hecho a todos los creyentes. El primer paso, entonces, en ayudar a las personas a involucrarse en un ministerio es recordarles ese llamado, que son «sacerdotes».

En su mayoría, Jesús no escogió como sus discípulos a los más altamente entrenados y bien educados. No es que escogiera a personas poco calificadas; creo que esos doce eran los más calificados. No tuvieron que romper con el hábito de otras disciplinas. Por lo menos tres eran pescadores, y uno era un empleado del gobierno, pero ninguno de ellos pertenecía al clero (es decir, ninguno era maestro de la ley, o rabí).

Estos son los hombres a quienes Jesús les dijo: «Yo os haré pescadores de hombres». Él no dijo «Tal vez os haga» o «Trataré de enseñarles cómo». Él dijo que ellos serían eso, y así fue.

Pero ¿qué significa eso en la actualidad? ¿Qué significa ser pescadores de hombres, sacerdotes? Cuando le decimos a las personas que son sacerdotes, ¿qué les estamos diciendo que hagan?

Creo que este sacerdocio involucra cuatro facetas del ministerio, cuatro funciones distintas en las que cada cristiano necesita intervenir. Todos nosotros estamos llamados a evangelizar, a ser ministros de sanidad, a ser misioneros y profetas.

Llamados a evangelizar

Cuando regresé al pastoreo en la Iglesia Presbiteriana Universitaria, el departamento de evangelización tenía tan solo dos responsabilidades: proveer un orador evangelizador durante una semana cada año y visitar.

Dejé que esa estructura continuara de esa forma por un año para así poder evaluar las debilidades y fortalezas del programa. Después de ese tiempo le propuse a la junta «¿Qué tal si cerramos el departamento de evangelización? Todos los miembros de esta iglesia están llamados a evangelizar, a hablar sobre Jesús con las personas con las que viven y trabajan. Tener un departamento que se responsabilice por eso hace que los demás nos lavemos las manos. Hagamos que evangelizar sea la responsabilidad de todos.»

Por supuesto que ese desafío requirió de una explicación. Teníamos que ayudar a nuestra congregación a que entendiera que los que evangelizan no son eruditos que enseñan teología, aunque hay sus excepciones. Alguien que evangeliza es alguien que presenta la verdad. No todos podemos enseñar pero todos sí podemos presentar la verdad.

Una persona que evangeliza sencillamente le dice a otra que experimenta dolor en su vida: «¿Acaso no has tenido suficiente? Quiero presentarte a la Persona que puede cambiar tu vida: Jesucristo.»

En ocho años sin el departamento de evangelización, esta congregación casi se ha duplicado. Recibimos cerca de casi cuatrocientos nuevos miembros por año. Los creyentes son los evangelistas y tomaron esa comisión responsablemente.

Llamados a ser ministros de sanidad

Si bien evangelizar se enfoca en los no creyentes, ministrar para sanidad a menudo se lleva a cabo entre los creyentes. Somos sacerdotes, llamados a ser agentes de todo tipo de sanidad: emocional, relacional, física, mental, vocacional.

En nuestra iglesia, proveemos un lugar para que ese ministerio se lleve a cabo: un culto de sanidad. Cualquier persona que desee puede venir para que el pastor y los ancianos oren por él o ella. Pero el mejor lugar para que este ministerio funcione es el grupo pequeño.

La comunidad cristiana provee un ambiente de sanidad poderosa. Cuando «dos o tres están reunidos», el poder del Espíritu Santo se manifiesta como lo prometió Jesús. En ese ambiente de amor, una persona puede revelar un problema y los demás escuchar y orar, y la sanidad se realiza. Abrirse, sincerarse, caminar en la luz, todas son medicinas poderosas.

La sanidad no es el área de unos cuantos especializados; hace algunos años un estudio secular probó esta realidad. Dicho estudio se realizó para determinar cual escuela psiquiátrica —la rogeriana, freudiana, jungiana, etcétera— producía los mejores resultados. Los resultados fueron fascinantes. La consejería más eficaz no provenía de ninguno de los discípulos de estos profesionales, sino de grupos utilizados en esta investigación. Personas comunes y corrientes —pilotos de avión, secretarias, amas de casa, hombres de negocios— sin ningún entrenamiento terapéutico, quienes simplemente escuchaban, produjeron mejores resultados que los profesionales.

Estudios indican que solamente una persona de cada diez que busca consejería tiene necesidades especiales que requieren de ayuda profesional. El otro noventa por ciento se siente mejor después de haber hablado con una persona que la entienda. Por ejemplo, en los primeros años del siglo XX, no había cura para el alcoholismo. No fue sino hasta que un hombre sin ningún entrenamiento profesional creó los doce pasos de Alcohólicos Anónimos que hubo un programa concreto para la rehabilitación.

Nuestra iglesia ofrece docenas de grupos para aquellas personas que tienen problemas especiales. Hay grupos para adictos, para pacientes de cáncer, para los que no tienen trabajo, para víctimas de embolias, para divorciados, para madres solteras. El ministerio de sanidad está en su mayor parte en manos de personas voluntarias que no reciben ni un solo centavo pero que están llenas del amor de Dios y del poder de sanidad del Espíritu Santo.

Por supuesto que hay casos que requieren de consejería profesional, pero tratamos de que en nuestro equipo no haya consejeros profesionales. Creemos que si tenemos profesionales, enviaremos el mensaje equivocado a nuestra familia de la iglesia. Por esa razón expresamos tanto en palabras como en hechos: «Ustedes son ministros de sanidad.»

Llamados a ser misioneros

El Jesús que dijo: «Vengan a mí todos los que están cansados» también dijo «Id por todo el mundo». Nuestro llamado a discipular incluye el mandato a ir. Hemos sido enviados a una misión.

Los domingos por la mañana, nuestro culto de adoración incluía una comisión de aquellos que iban como misioneros a algún lugar tanto en nuestra ciudad como hasta el otro lado del océano. Un año, 356 personas sirvieron en lugares distantes. Otras sirvieron como misioneros a largo plazo. Otros se iban por un año a China a enseñar inglés. Muchos tomaron «vacaciones con propósito», es decir, trabajaban en un orfanato o construían casas en zonas o países pobres. Estos esfuerzos estaban dirigidos por nuestro pastor de misiones mundiales, cuyos contactos en todo el mundo ayudaron a la iglesia a conectar a personas ansiosas de servir con oportunidades apropiadas al otro lado del mar.

Para preparar a las personas para un ministerio multi-cultural, nuestra escuela dominical incluyo clases de cómo ser un cristiano mundial. Pero realmente el impacto de este tipo de entrenamiento no se realizaba en el salón de clase. Los candidatos a ser misioneros son llamados a practicar misiones interculturales justo en nuestra ciudad.

Nuestra iglesia se localiza a una cuadra del distrito universitario. A cualquier hora, día o noche, en un perímetro de dos o tres cuadras, usted puede encontrar cualquier grupo étnico: jamaiquinos, esquimales, latinos, europeos, africanos y asiáticos. En este distrito puede encontrar miembros de pandillas, estudiantes, traficantes de drogas, profesores, roqueros, compradores, alcohólicos, y mujeres de la calle. Con el propio método de Jesús, las personas salían a esa área en grupos de dos o tres para relacionarse con personas de otras culturas y así encontrar una forma para ministrarlos.

Tres de nuestros jóvenes caminaban por el distrito universitario practicando una misión intercultural como preparación para un viaje misionero a México. Un joven sentado en la acera les pidió dinero. Ellos se sentaron a su lado a pesar de que estaba oloroso, sucio y sin afeitar pero sin duda era amigable y agradable.

«¿Por qué necesitas dinero?» le preguntaron.

«No encuentro trabajo.»

«¿Quieres uno?»

«Por supuesto que quiero uno. Haré cualquier cosa.»

Uno de ellos se quedó con él, mientras que los otros dos recorrieron ambos lados de la calle preguntando tienda por tienda si necesitaban contratar a alguien.

En una pizzería cercana necesitaban un lavaplatos y acordaron una entrevista para la una de la tarde del siguiente día. Los tres se llevaron al joven a casa, le dieron ropa presentable, le prestaron el baño para que se duchara y se afeitara.

Al día siguiente se presentó a las doce mediodía —una hora antes— y obtuvo el empleo. Y lo mantuvo. Más adelante, empezó a ir a la iglesia y eventualmente se convirtió.

Nuestra familia de la iglesia se dio cuenta que no hay que viajar hasta el otro lado del mar para realizar el trabajo misionero. Usted puede convertirse en un misionero en cualquier parte donde haya gente.

Unos años atrás, algunos de nuestros miembros empezaron a ayudar a varios refugiados del sureste asiático. Les dieron ropa y los ayudaron a encontrar muebles para sus nuevos hogares. A partir de ese modesto inicio, la iglesia vio emerger lo que se convertiría en la iglesia camboyana más grande fuera de Camboya. Esa iglesia floreció como resultado del trabajo misionero hecho en nuestra propia ciudad sencillamente porque unos cuantos cristianos se preocuparon por estas personas.

La misión puede empezar al otro lado de la calle así como también al otro lado del mundo, y no es solamente para unos cuantos misioneros bien entrenados. La familia de nuestra iglesia experimentó esa realidad.

Llamados a ser profetas

Este sacerdocio al cual somos llamados incluye una cuarta función: ser profetas. Un profeta no es solamente alguien que predice hechos futuros sino alguien que habla por parte de Dios sobre las maldades sociales del tiempo. «El pueblo está siendo oprimido —dice el profeta—. La injusticia y la inmoralidad están incontrolables. Dios tiene un mejor camino si le servimos y somos obedientes.»

En siglos anteriores, la iglesia era un agente del cambio social vanguardista —establecía orfanatos, hospitales, escuelas, programas para los pobres. Hoy muchas veces recogiendo las migajas de los demás, aparecemos hasta después de que otros valientes se han esforzado.

No necesita por qué ser de esta forma. La iglesia puede y debería producir gente que nos dirija a una sociedad más pacífica, benevolente y justa.

Uno de nuestros miembros era el superintendente de las escuelas estatales de nuestra ciudad y vi en él una función profética. Cuando este hombre aceptó el puesto hace unos años, no había esperanza para la situación educativa: 43.000 estudiantes apenas tenían recursos económicos y cada día aumentaba el número de estudiantes pobres. Los que sí tenían recursos habían transferido a sus hijos a escuelas privadas o se habían mudado de distrito escolar.

Este hombre fue realista acerca de la situación, pero también observó que algunos estudiantes tenían éxito a pesar de los problemas. La mayoría de esos niños provenían de culturas asiáticas —camboyanos, chinos, vietnamitas— donde la educación era una alta prioridad. Tenían padres con altas expectativas que le decían a sus hijos: «No jugarás. Harás tu tarea y sacarás solo buenas calificaciones.» Y así lo hacían.

Él se dio cuenta de que todos los niños necesitaban de ese tipo de modelo a seguir. Así que cada vez que hablaba con el Club de Leones o el Club Rotario, compartía su visión de encontrar un mediador, alguien que animara al estudiante, alguien que fuera ajeno del sistema educativo y que se preocupara y a quien el estudiante tuviera que darle cuentas.

Respondieron miles de personas: oficiales en jefe, abogados, empresarios, contadores. Cada uno —más de veinte mil en su momento— estaba ligado a un estudiante.

Todo eso fue el resultado del esfuerzo de un hombre por cambiar la atmósfera e incrementar el potencial de excelencia en las escuelas públicas. Hay una mejor forma para realizar lo que se está haciendo en cada área de la vida. Hay un mejor camino para practicar medicina o derecho, para conducir un negocio o servicios sociales, para hacer un trabajo policial o educativo.

En nuestros trabajos, clubes sociales, e incluso en nuestras iglesias, hay una mejor manera de hacer cualquier cosa que se está haciendo en este momento. El Espíritu Santo es el autor de la creatividad y podemos participar = de esa creatividad.

Los profetas, del Antiguo Testamento o del siglo XXI, esos hombres y mujeres son llamados a hacer una diferencia. Esa función profética es un elemento esencial del sacerdocio santo que nosotros los cristianos estamos llamados a hacer.

El santuario de nuestra iglesia no era más grande que los de las congregaciones cercanas. Extraordinariamente, sin embargo, el nuestro se llenaba tres veces al día todos los domingos, incluso se requería de tres oficiales de tránsito para dirigir los automóviles en la entrada y la salida del estacionamiento.

Pero esa extraordinaria cifra del domingo en la mañana no podía medir el impacto del reino de sacerdotes sueltos por toda la ciudad durante los siguientes seis días de la semana. En casas, escuelas, fábricas, y oficinas, ellos marchaban —como evangelistas, ministros, misioneros y profetas. Llevaban a cabo un cuidado pastoral, tanto entre ellos como en un mundo necesitado de ministración.

Este artículo se publicó por primera vez en Building Church Leaders, usado con permiso. Título del original: Helping People Care for One Another. Copyright © por el autor o por Christianity Today International. Traducido y adaptado por DesarrolloCristiano.com
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¿Cómo puedo ser amigo de mi pastor?

¿Por qué será que muchos pastores —las personas que más respetamos y admiramos— viven vidas solitarias? ¿Y por qué muchos líderes laicos se sienten frustrados en sus intentos de entablar una amistad con su pastor? El autor comparte sus reglas y secretos para tener una amistad con ese personaje.

¿Por qué será que muchos pastores —las personas que más respetamos y admiramos— viven vidas solitarias? ¿Y por qué muchos líderes laicos se sienten frustrados en sus intentos de entablar una amistad con su pastor?

Por un lado, existe una tendencia en cada congregación a canonizar al pastor como lo hacen los católicos con aquellos que ya han pasado a mejor vida. Pocas veces discutimos sobre política, o nos quejamos acerca de las escuelas, o le pedimos que arregle nuestra cerca, ni siquiera le contamos nuestros chistes favoritos ya que tenemos la noción de que estos temas (y nuestros intereses) están por debajo de los de él.

Por el otro lado, en muchas congregaciones el pastor es el blanco de todas las críticas. Si el sermón es demasiado largo o si hay demasiado cantos nuevos, si la denominación es demasiado liberal o si no hay suficiente lugar para estacionar los automóviles, el pastor es a quien se le critica.

¿Qué es un amigo?

Todos reconocemos que nuestros pastores necesitan personas que los acepten y los disfruten como ellos son en realidad, sin temor o arrogancia —en otras palabras, como amigos. Y a la mayoría de nosotros nos gustaría ser amigos de nuestro pastor. Pero ¿qué significa exactamente ser un amigo?

En una obra maravillosa titulada Los cuatro amores, C. S. Lewis escribe: «La amistad emerge de la mera compañía cuando dos o más personas descubren que tienen algo en común, un interés o incluso algún gusto que no comparten con otros. Hasta ese momento, cada uno creyó que ese interés (o carga) le pertenecía solo a él.»

Si Lewis está en lo correcto, realmente no hay nada que podamos hacer para convertirnos en amigos cercanos de alguien. O compartiremos un interés común y una visión común del mundo, o no lo haremos. Sin embargo, podemos escoger ser amigos de nuestro pastor.

Durante los últimos siete años he disfrutado de convertirme en un buen amigo de mi pastor. Nuestra relación se ha desarrollado exclusivamente a través de la iglesia; como resultado, me he relacionado con él en forma distinta a como lo he hecho con otras personas. En este tiempo, he desarrollado, inconscientemente, algunas «reglas» a la hora de ser amigo de mi pastor.

Regla #1: Mantenga la confidencialidad

No le cuento a nadie lo que el pastor ha compartido conmigo. A menos que estemos dispuestos a mantener en privado las opiniones expresadas por nuestro pastor, no podemos ser buenos amigos. ¿Por qué? Un amigo es primero que todo alguien con quien podemos hablar. Si nuestros pastores no pueden estar seguros de que mantendremos la confidencialidad, no se sentirán seguros hablando con nosotros.

Mantener la confidencialidad es parte de lo que se refiere Dietrich Bonhoeffer en su clásica obra Vida juntos, cuando habla del «ministerio de preservar la reputación de otra persona». Si ha disfrutado de una conversación privada con su pastor acerca de un determinado tema, usted sabrá más de lo que él desea hacer público. Usted sencillamente no puede usar esa información en conversaciones con otras personas.

Claramente, hay un componente de sacrificio en esto. Paso un tiempo difícil en no compartir con los demás lo que discuto con mi pastor. La mayor parte del tiempo, dicho conocimiento es de cosas cotidianas, que no se diferencian de lo que hablamos con otra persona. Pero dentro de la iglesia, como cualquier otro grupo, la información interna (sin importar que tan trivial sea) es emocionante. Presenta la oportunidad de elevar la imagen de uno ante los ojos de los demás. Dicha imagen, no obstante, es a expensas de la amistad. La única forma que he encontrado para resistir la tentación es obligarme a no hablar ni siquiera de la existencia de muchas conversaciones.

Regla #2: Evite la confrontación pública

Hago todo lo posible para no criticar a mi pastor en frente de otras personas. La habilidad del pastor para funcionar depende más que todo del respeto que infunde en la congregación. Cualquier cosa que haga para disminuir ese respeto afecta la eficacia en su ministerio. Consecuentemente, trato de evitar discutir con él públicamente.

Esto es algo que no siempre he hecho bien. Hace algunos años, en un retiro de líderes, nuestro pastor dirigía una discusión sobre el plan maestro de la iglesia. Yo creía que el plan era incomprensible y de poca utilidad, y así lo dije, en esencia, con un par de preguntas.

¡Qué tonto fui! Después sentí que había abusado de nuestra amistad. Además, no salió nada positivo de mis comentarios. El plan maestro se mantiene hasta el día de hoy, toda la discusión fue olvidada, y la dirección de la iglesia no se vio afectada por mis opiniones.

Al criticar públicamente a mi amigo y pastor —o al menos el trabajo que hacía— rompí mi propia regla: Mis observaciones eran públicas y no privadas. Si no hubiera dicho nada, la discusión simplemente hubiera terminado más temprano y hubiéramos podido pasar más tiempo en un tema más edificante.

Ese lamentable error renovó mi compromiso a la hora de presentar, en forma privada, ideas y preocupaciones, particularmente si pienso que mi pastor se dirige por el camino equivocado. En privado, hay más posibilidad de que cambie su manera de pensar sin que parezca que sucumbe ante la presión.

Si no soy capaz de comunicar mi preocupación cara a cara (el método preferido), entonces escribo una carta. Escribir es una buena disciplina. A veces nos damos cuenta de la brutalidad de nuestras observaciones a medida que las leemos, y luego tenemos la oportunidad para re-pensar lo que estamos diciendo.

Pablo comienza y termina sus cartas más difíciles con promesas del amor de Dios y del suyo hacia el pueblo. Nuestros pastores necesitan la misma promesa de nuestro amor en cualquier momento que ofrecemos consejo.

Regla #3: Haga algo más que tan solo quejarse

En lugar de solo quejarme, intento proponer una solución. Quejarse sin proponer una solución (y sin estar dispuesto a ser parte de ella) es meramente volver mi irritación hacia el pastor. Y eso es injusto.

También debemos esperar un tiempo antes de hacer una crítica. Permitir que pase el tiempo entre el momento en que nos sentimos irritados y el momento de hacer nuestros comentarios puede ser un acto de misericordia.

También trato de sopesar los asuntos espirituales que surgen. Un maestro de escuela dominical que dirige la clase hacia caminos de herejía no tiene justificación; quedarse sin café entre los cultos es un inconveniente. Ya que uno es un asunto espiritual de grandes consecuencias, y el otro no lo es, deben ser manejados de forma distinta. Se pueden ignorar muchos asuntos menores.

El valor de estas reglas surgió cuando mi pastor y yo estábamos en un comité nominacional que buscaba un pastor asociado para nuestra iglesia. Habíamos trabajado por meses y estábamos cansados del proceso.

Una noche, en una conversación privada después de la reunión, el pastor me dijo: «Creo que ya hemos hecho suficiente. Vamos a llamar a Juan» —en ese momento, el candidato más fuerte.

Yo no estuve de acuerdo y le dije: «No, creo que mejor no. Necesitamos esperar y continuar buscando por una persona mayor y con más experiencia.» Entonces mencioné el nombre de una hoja de vida nueva.

Mi pastor conocía al hombre pero no sabía que había solicitado el trabajo. Su respuesta fue: «¡Qué bien! ¡Tenemos que hablar con él!» Como terminan las buenas historias, ese hombre es ahora el pastor asociado de nuestra iglesia.

El punto aquí es que en lugar de simplemente quejarme, propuse otra opción, y yo estaba dispuesto a trabajar en eso. Y cuando hablé, fue en privado sobre un asunto de importancia espiritual. No tengo que ser como una mascota entrenada con el fin de no quejarme. El resultado es generalmente que tengo mayor influencia que si lo hiciera de otra forma. Más importante aún, aparte del trabajo hecho juntos en ese espíritu, la amistad ha crecido.

Regla #4: No busque ser «el mejor amigo»

Esto me lleva a la regla más difícil de todas: darme cuenta de que sencillamente no puedo ser el mejor amigo de mi pastor.

Muchas veces queremos ser el «mejor amigo» de nuestro pastor. Ese deseo se convierte en otra carga para él. Irónicamente, para ser el amigo de nuestro pastor lo primero que debemos hacer es renunciar justamente a ese deseo.

¿Por qué? El pastor no es el dueño de su tiempo ni de su vida. Al contrario, él tiene que tener tiempo por todos aquellos que lo buscan para encontrar guía y ánimo.

Así que si vamos a ser amigos reales de nuestro pastor, tenemos que preocuparnos más por amarlos y servirlos que por los beneficios que podemos obtener de su amistad. Demostramos amor al apoyarlos mientras mantenemos una sana relación y no demandamos demasiado de él. Necesitamos estar dispuestos a acomodar nuestros horarios al de él.

Si honramos la confianza, somos considerados, los animamos, somos fieles en oración, y deseamos el éxito de nuestros pastores, entonces seremos al menos buenos amigos. Si también compartimos una visión en común de la iglesia y podemos ser buenos compañeros, entonces podríamos terminar siendo amigos cercanos. Al hacerlo, su vida y la nuestra serán más ricas.

Roberto Fry, Jr., es abogado en Irvine, California, y miembro de la Iglesia Presbiteriana de Irvine. Este artículo se publicó por primera vez en Building Church Leaders, usado con permiso. Título del original: How To Be Your Pastors Friend Copyright © 2004 por el autor o por Christianity Today International/Leadership Journal. Traducido y adaptado por DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados. Copyright 2004
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La visión une

A primera vista, Nehemías 3 parece ser una lectura aburrida. Sin embargo, si lo leemos con otro par de lentes, observaremos que en este capítulo la palabra «éxito» aparece por todas partes. Con este pasaje, el autor nos explica que para lograr grandes cosas en nuestra iglesia, debemos definir el futuro de esta.

«Entonces se levantó el sumo sacerdote Eliasib con sus hermanos los sacerdotes, y edificaron la puerta de las Ovejas. Ellos arreglaron y levantaron sus puertas hasta la torre de Hamea, y edificaron hasta la torre de Hananeel. Junto a ella edificaron los varones de Jericó, y luego edificó Zacur hijo de Imri.» Nehemías 3.1–2

A primera vista, Nehemías 3 parece ser una lectura aburrida. El efecto que tiene sobre uno es el mismo que logra el informe anual de una compañía o de otra iglesia. Los nombres, lugares, y logros probablemente no nos dicen nada. Pero reflexione un poco más en este capítulo, y ¡tal vez salte de su silla!

En Nehemías 3 la palabra «éxito» está escrita en todas partes. Da testimonio del poder de la visión. El capítulo simplemente va de una sección a otra alrededor del muro en dirección contraria a las manecillas del reloj, comenzando en la puerta de las Ovejas en el extremo norte de Jerusalén, para terminar nuevamente allí. El muro de la ciudad, visto desde arriba, se asemeja a la forma de una cuchara: redondeado hacia la parte superior, y estrecho en la parte inferior. El perímetro es de dos millas (unos tres kilómetros).

El capítulo destaca que los judíos reconstruyeron el muro de sección en sección. Se enfrentaron a 40 secciones y trabajaron de manera simultánea. Su visión los motivaba y movilizaba para que culminaran una gran tarea.

Una frase resuena a lo largo de todo el capítulo 3 de Nehemías: «frente a su casa». Cada grupo de personas tomó una sección en su vecindario. Era algo que podían hacer, algo en su área que tenía significado para ellos.

Piense en los niños en las vacaciones de Navidad: déjelos solos, y puede que pronto vuelquen sus energías unos contra otros. Pero comparta con ellos una visión —que construyan un fuerte o decoren una habitación— y lograrán algo significativo. De manera similar, cuando los líderes tienen un panorama claro de lo que puede ser el futuro, son capaces de aprovechar la energía colectiva del pueblo de Dios para lograr algunas tareas formidables.

El profesor de predicación Haddon Robinson cuenta una historia acerca de Walt Disney, quien murió en 1966, varios años antes de que se iniciara la construcción de Walt Disney World. Muy poco tiempo después de que el parque abriera sus puertas, alguien dijo: «¿No es una pena que Walt Disney no viviera para ver esto?» Mike Vance, director creativo de los Estudios Disney, contestó: «Él lo vio, ¡y por eso es que está aquí!»

Rara vez las iglesias se tambalean debido a la falta de obreros dispuestos. Se tambalean debido a la falta de visión. La visión tiene el poder de motivar a los «constructores de muros».

Para comentar

1. ¿Le ha dado a los miembros de la congregación una visión lo suficientemente convincente como para motivarlos?

2. Basándose en la necesidad alrededor de su iglesia y de las circunstancias que la rodean, comparta algunos ideales de lo que ella puede y debe ser.

3. ¿Cómo puede ayudar a las personas a identificar sus roles en la búsqueda de la visión?

Una forma para establecer la visión de la iglesia es responder a varias preguntas clave. A continuación encontrará tres preguntas que pueden ayudarlo.

¿Quiénes somos? Comience con un auto-examen: «¿Qué estamos haciendo ahora? ¿Es algo que disfrutamos? ¿Desearíamos poder hacer algo diferente?»

¿Dónde vivimos? Al contestar esta segunda tenga en cuenta dos características de su entorno ministerial: la demografía y el estilo de vida de las personas.

¿Cuál es el llamado de Dios?

Para terminar quisiéramos compartir con usted la visión de una iglesia.

«A fin de crear un puente para compartir el evangelio, la iglesia buscará ser la familia de Dios para las familias de nuestra comunidad. Diseñaremos ministerios para fortalecer a las familias saludables y buscaremos ser un instrumento de sanidad para las familias heridas, ayudándolas a llegar a ser funcionales».

Esteban Mattewson
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El enfoque del liderazgo de Jesús: formar personas

El ministerio de Jesús se centró en capacitar a doce jóvenes adultos en sólo tres años. Examinar los resultados de ese ministerio es pertinente para los líderes que están trabajando para dejar un legado entre los jóvenes que están formando. El autor del artículo nos comparte lo que él descubrió acerca del enfoque del liderazgo de Jesús con sus Doce.

¿Cómo podríamos evaluar humanamente los resultados del ministerio de Jesús?: «No tuvo resultados perfectos (tuvo un traidor, multitudes que lo seguían pero demandantes y cambiantes, discípulos —amigos íntimos— que lo abandonaron en su hora más difícil). Bíblicamente su ministerio fue muy sencillo pero profundo.

¿Qué lo hizo posible ese combinación de sencillez y profundidad?, su meta y su método. La meta de Jesús fue las personas. Él buscaba conducirlas a la salvación eterna y formarlos a su propia imagen. El método para alcanzar su meta fue: Involucrarse personalmente en sus vidas, discipularlos para que fueran como él y, después, enviarlos para que hicieran a otros lo que él hizo con ellos.

El ministerio de Jesús y sus resultados

Juan 17.7–12, 18; Mateo 2819; 1 Juan 1.2–3

El mayor milagro de Jesús no fue realizado mientras caminó sobre esta tierra. Fue el resultado de incontables horas dedicadas a la capacitación de sus doce discípulos, hecho lo cual y una vez que partió, y los instruyó que fueran y practicaran este mismo arte de preparación y liderazgo. El milagro consistió en que esos hombres prácticamente fracasados prosiguieron su milagroso ministerio de tal manera que alcanzaron toda Asia en dos años (Hechos 19.10). Jesús pasó la mayor parte de su tiempo con los Doce, no con las masas. Él estaba empeñado en la formación de hombres que dirigirían la iglesia en la siguiente generación; hombres en quienes usted y yo no hubiéramos perdido nuestro tiempo. Jesús sabía dónde se encontraría su legado. Su ingenio no se encuentra en sus milagros divinos, ni siquiera en su directo ministerio. Se encuentra en su multiplicación deliberada.

Su enfoque primordial fue tratar personalmente con sus discípulos.

Observaciones sobre este enfoque de jesús

La idea de Jesús sobre el discipulado (involucrase con las personas y formarlas para que ellas hicieran lo que él hizo)

Instrucción ... en un contexto relacionado con la vida.

«Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos» (Mateo 51).

«Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar» (Lucas 111).

Demostración ... en un contexto relacionado con la vida.

«Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestro pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13.12–15).

Experiencia... en un contexto relacionado con la vida.

«Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos» (Marcos 6.7).

«Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente» (Lucas 9,16).

Asesoramiento ... en un contexto relacionado con la vida

«Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con oración y ayuno» (Lucas 17.18–21).

Jesús empleó doce factores para poder involucrarse con sus discípulos y así formarlos como él:

1. Iniciativa (Lucas 6:12, 13)

«... él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos».

2. Proximidad (Marcos 3:14, Lucas 8:1)

«Y estableció a doce, para que estuviesen con él...»

3. Amistad (Juan 15:15)

«Ya no os llamaré siervos .... pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer».

4. Ejemplo (Juan 13:15)

«Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis».

5. Compromiso (Mateo 16:24, Juan 13:1)

«Jesús ...como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame».

6. Responsabilidad (Marcos 6:7)

«Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos».

7. Conocimiento (Lucas 8:9, 10)

«Y los discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué significa esta parábola? Y él dijo: A vosotros os he dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan».

8. Visión (Mateo 4:19, Juan 4:35)

«Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

«¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega».

9. Confianza (Mateo 10:1-8)

«Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Y yendo, predicad ... sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia».

10. Evaluación (Lucas 10:17-24)

«Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos».

11. Poder (Juan 20:22, Hechos 1:8)

«Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo».

«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».

12. Impulso (Mateo 28:18, 20)

«Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones ...»

Cómo se vive según el enfoque se Jesús

El logro viene cuando alguien es capaz de hacer grandes cosas para sí mismo.

El éxito viene cuando esa persona da el poder a los seguidores de hacer grandes cosas con él.

La importancia viene cuando esa persona desarrolla líderes para hacer grandes cosas para él.

El legado viene cuando prepara su organización para hacer grandes cosas sin él.

AUTOEVALUACIÓN:

1. Cuando pienso en formar personas, ¿Qué viene a mi mente? ¿A quién formaré?

2. ¿Cómo podré dejar a alguien formado? ¿Qué papel tengo yo en aquello que en un futuro pueda superar lo que yo hice?

3. ¿De qué manera estoy imitando a Jesús, así como él lo hacía con sus doce, para dejar un movimiento de personas después de su partida?

4. ¿Qué pasos puedo tomar esta semana para asegurar el impacto que ha de tener mi legado —las personas que yo forme— en el futuro?

5. ¿Qué necesito ser para ser un formador de personas?

Enrique Zapata
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